suhaarafat200.jpg

Suha Arafat, a prescindere da tutto, è sempre stata una cretina.
Per carità: una di quelle cretine attentissime agli affari propri, certo. Diciamo che, avendo concentrato su di essi l’unico neurone, le è mancata la possibilità di investire del buon senso in altro.

Segnalo che su Electronic Intifada sono diventati Cuore per un giorno:

After three years of Arafat’s house arrest in the rubble of his Ramallah compound, Suha Arafat has reemerged on the international stage with an important message.
“The battle for the future of Palestine must be fought wherever it can be fought,” Mrs Arafat angrily stated at a Monday press conference. “I have spent the last four years of my life struggling for Palestine in the aisles of Harrods in London, at the revolving doors of Gucci in Rome, and in front of the windows of Channel in Paris. No one has struggled harder for Palestine than me. And I need funds to keep this frontline secure.”

Sul versante serio, il sempre ottimo Iñigo Sáenz de Ugarte ieri scriveva:

E’ brutto dirlo quando una persona è in punto di morte ma, come succede con alcune eredità, c’è molto denaro in gioco. Una parte consistente dei fondi donati all’OLP negli ultimi anni è depositata presso banche estere.
Questo denaro non è mai stato usato per gli inesistenti lussi personali di Arafat – sua moglie non può dire lo stesso. Sì lo è stato per questioni politiche che sfuggivano al controllo delle istituzioni palestinesi.
Arafat non scartò mai la possibilità che l’OLP dovesse abbandonare di nuovo Gaza e la Cisgiordania e questi fondi avevano la funzione di cassa di sicurezza. E di altre cose meno onorevoli.

L’ultima frase andrebbe sviscerata per bene (detesto le mezze frasi lasciate là, quando si parla di Palestina) ma il concetto fondamentale è che ha un senso, il fatto che quei soldi fossero tenuti fuori.
E mi pare ragionevole: la retorica pelosetta sull’investirli in Palestina si scontra con il fatto che, all’inizio dell’Intifada, la primissima cosa che Israele fece fu distruggere tutte le infrastrutture palestinesi, di cui molte costruite proprio con fondi esteri o con donazioni: l’aeroporto di Gaza, e scuole, ospedali, strade, municipi, stazioni TV, archivi, biblioteche, tutto.
Fu la prima iniziativa di Israele e, su Arafat, tutto si può dire fuorchè che non conoscesse i suoi polli.
Che l’OLP debba tenere fondi all’estero – e più sono e meglio è – mi pare un principio fuori discussione.
Che li debba investire, pure.
Il problema sta nella rappresentatività di chi succederà ad Arafat.

Suha, dicevo.
‘Na disgrazia.
Ma seria, proprio.
Cristiana, ricca di famiglia, viziata e storicamente incapace di dire la cosa giusta al momento giusto.
Arafat se ne innamorò a 62 anni e lei ne aveva 28. Questo spiega molte cose, ahimé: gli uomini che passano la vita a far guerre rivelano insospettabili vulnerabilità, a una certa età.

In questo caso, confesso di rimpiangere abbastanza lo stereotipo dell’arabo feroce che recide con un coltellaccio la lingua della femmina insubordinata che, in questo caso, ha pure l’insopportabile aggravante della petulanza.
A quanto pare non li fanno più, gli arabi di una volta, e stavolta è proprio un peccato.

La tesi della cretinaggine profonda di Suha è sposata anche dal Pais: Il perplesso articolo che ne parla (in spagnolo), dall’appropriato titolo “Una donna che non sta mai zitta” è nel “Continua” .

Aggiornamento:

14495_1.jpg

– Suha Arafat: I’m calling on the Palestinian people to …

– Since when you call on them?

(Jalal Al-Rifa’i, Ad Dustour, 11/9/04, via Aljazeera.info).

Una mujer que nunca se calla

Desde su matrimonio con el líder palestino, Suha Arafat ha provocado numerosos incidentes por sus declaraciones

FERRAN SALES – Ramala
EL PAÍS – Internacional – 09-11-2004

Suha Arafat, el 28 de octubre en Cisjordania. (REUTERS)

Suha Tawil y Yasir Arafat se casaron secretamente en Túnez en 1990. Él acababa de cumplir los 62 años, ella apenas tenía 28. Se habían conocido algunos meses atrás en Ammán, cuando él se encontraba en la cúspide de su carrera político-militar y ella trabajaba ocasionalmente como periodista freelance de una revista francesa. Lo suyo fue un pacto a primera vista. Arafat decidió contratarla como responsable de relaciones públicas de su oficina de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Túnez, pero Tawil prefirió convertirse en su secretaria. Después se hicieron amantes.

Aparentemente, el encuentro no les cambió la vida; el viejo combatiente de la OLP continuó con sus hábitos ascéticos, su sempiterno uniforme verde-oliva militar y sus comidas frugales; la muchacha siguió aferrada a sus costumbres mullidas, a sus gustos dudosamente exquisitos, pero caros, a sus vestidos de diseño y sobre todo a sus caprichos. Eran diferentes incluso sus hábitos cotidianos: a él le gustaba trabajar por la noche hasta bien entrada la madrugada, mientras que ella prefería irse a dormir temprano después de una cena entre amigos. La religión también les separaba; a pesar de que ella se había convertido al islam y peregrinando en La Meca, tenía el dormitorio lleno de cuadros y estampas de santos.

Su vida matrimonial empezó siendo un desastre y acabó hecha jirones 10 años después con el estallido de la Intifada, cuando tras los primeros bombardeos israelíes, ella optó por marcharse a París con su hija Zahwa, a la sazón de cinco años, y él acabó encerrado en Ramala. La residencia familiar de Gaza, frente a la playa, un palacete sencillo de una sola planta alquilado a un empresario local, donde aparentemente habían pasado el periodo más largo y feliz de sus vidas, es hoy una montaña de escombros. Hace pocos días se reencontraron, esta vez entre las ruinas de la Muqata.

La reaparición de Suha Arafat en la vida pública palestina ha hecho emerger viejas historias que se creían ya olvidadas. Hija de una acomodada familia de Cisjordania de religión cristiana -su padre era un rico banquero, y su madre, una conocida poeta y periodista-, creció a caballo de Jerusalén, Ramala y Nablús, para acabar en un colegio de monjas en París. Estudió Económicas en la Sorbona, donde se reforzaron sus gustos exquisitos y refinados, y aprendió a hablar un perfecto francés con acento parisiense, que le permitió durante sus años de Túnez acercarse a la aristocracia local y ganarse más que cualquier otro exilado palestino el calificativo de La Tunecina o Madame Susu.

En la biografía de Suha se mezclan en ocasiones la realidad con la leyenda. Se asegura que el presidente Yasir Arafat le hizo desde un primer momento confidente de las cuentas secretas que la OLP tenía en el exterior, especialmente en Suiza, a cuyo nombre colocó importantes cantidades de dinero, facilitándole incluso las claves y los códigos. Se asegura que todo ello le ha aportado a la mujer una fortuna personal que asciende a unos 3.000 millones de dólares. Sin olvidar la supuesta influencia que ejercía sobre su marido, en temas especialmente delicados, en momentos críticos, en los que se trataba de llegar a una fórmula de compromiso, pero que ellos los arreglaban de un simple manotazo, con una buena dosis de infantilismo o de izquierdismo.

Suha nunca se cortó la lengua. Por ejemplo, no lo hizo en 2000 cuando en el transcurso de una visita del presidente estadounidense Bill Clinton a los territorios palestinos provocó un incidente diplomático al acusar a los israelíes de envenenar el medio ambiente y las aguas provocando numerosos casos de cáncer entre la población. Tampoco se calló meses después en una entrevista a un periódico saudí cuando defendió los atentados suicidas en el marco de la Intifada contra la población civil en Israel, o cuando analizaba de manera despectiva los pactos puntuales con los que se intentaban seguir impulsando los Acuerdos de Oslo, o simplemente al hablar de la reconciliación imposible entre israelíes y palestinos.

Ayer Suha volvió a no callarse, cuando desde París no dudó en acusar a los líderes palestinos de complotar contra su marido, intentar “enterrarlo en vida”. Pero en este caso no es infantilismo ni puerilidad. Quienes la conocen y la han tratado aseguran que detrás de estas frases aparentemente desafortunadas se esconde en realidad la angustia de una esposa que se resiste a perder a su marido y el temor de una patriota por ver cómo se desvanece su sueño de libertad e independencia.